¡GRACIAS ELVIRA, POR TANTA BELLEZA! Huele esta tarde igual que aquellas cuando nos bañábamos en el río y salíamos con los labios morados a comer en la orilla el bocadillo. Pero entonces, sin saber siquiera lo que eran conexión ni cobertura, para comunicarnos bastaban los ojos y la sonrisa, dos botes viejos y una cuerda.
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