El personaje de Cenicienta siempre despertó en mí, emociones ambivalentes: De un lado la empatía, al reconocerme en esa muchacha. Al sentir, como en su caso, que mi tiempo no me pertenecía, sino que era patrimonio de todos. Y todos, tenían derecho a modelar mi vida a su antojo...De otro lado, mi más rotundo rechazo por su alegría perenne a pesar de su suerte...Reivindico la queja! No esa inútil que te cose a tu incómoda zona de confort. Sí esa otra queja terapéutica, que te insta al movimiento y te torna estratega y constructora de tu sino...La detesté por esperar y creer a un príncipe que la miraba a los ojos porque ella era la única a la que todavía no le había probado el zapato de cristal...Yo me hubiera quedado con la calabaza y con los ratones que cantaban...Y por supuesto, con la varita mágica del hada madrina para cambiar el mundo. Para cambiar tantas cosas en el mundo...
Hoy, en este día de primavera recién nacida, en este día de la poesía, vuelvo a sentirme Cenicienta por criada. Porque a tirones me arrancan mi tiempo, mi templo y mi forma de sentir y de hacer. Pero nunca por sumisa, jamás por sumisa... Sangro esta impotencia, lloro mi llanto...Mil cosas pediría a la varita mágica, pero con una tiene de sobra mi alma para recuperar el aire: Qué en mitad de mí, no se te quiten las ganas de mí...

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